EL .977 AFRICAN BLACK EXPRESS RHINO STOPPER
Dijo Theodore “Teddy” Rooselvet en su libro African Game Trails de 1910: “La historia de los rinocerontes de Kibwezi, es, en la colonización moderna de Africa, el relato más notable del que podemos tener constancia” Hoy día, en que estamos acostumbrados a calibres de todos los pelajes, que desarrollan una energía asombrosa -por lo menos en las tablas-, obtenida a expensas de un incremento en la velocidad, tendemos a olvidar la eficacia de la pesada cartuchería africana de fines del siglo XIX. Ojo al piojo, pese a las limitaciones de la pólvora negra, era realmente demoledora. Usando ”black powder”, minga de subir la carga para obtener más velocidad, se llegaba a un punto en que la única forma de incrementar la energía, era aumentando el peso de los proyectiles. Como el largo de los mismos tenía, por una cuestión de estabilidad, un límite muy acotado, la única posibilidad al respecto era incrementar el calibre. Además, en los “big-bores” de retro y de avancarga, los mejores resultados se obtenían con proyectiles esféricos, lo que, cuando se trataba de aumentar peso, potenciaba, aún más, los diámetros. En Africa, cuando comenzó la cartuchería metálica, las armas siguieron respetando los calibres heredados de la época de la avancarga, cuando los dos más poderosos, de uso habitual para la caza de paquidermos, eran el 8 bore, 21,2 mm (Henry Morton Stanley) y el 4 bore, 26,72 mm (Frederick Courterney Selous); lo que no quita que la bestia de Sir Samuel Baker usase un monstruoso monotiro calibre 2 bore (33,65 mm), pero claro, dicho Mesié, además de muy curtido, medía dos metros y pesaba ciento sesenta kilos. Ya de retrocarga, de los dos primeros calibres mencionados, la energía del 8 de 1870, recién fue superada en l906 cuando Holland puso en el mercado el .600 Nitro Express y la del 4,con carga estándar de catorce dracmas, recién a fines del siglo XX, cuando Felstein se hizo fabricar el maniáticamente extemporal .700. En 1904 todos estos monstruos quedan reducidos a la altura de un poroto, en comparación al, poco conocido -por su corta vida- y que es motivo de esta nota, “.977 African Black Express, Rhino Stopper”. LA GARRA DEL LEON Es posible que casi todos los lectores de MAGNUM hayan leído “Los devoradores de hombres de Tsavo” (“The Man-Eaters of Tsavo”) o, por lo menos, tenido la oportunidad de ver la película “Garras” (“The Ghost and the Darkness”), la cual -si se elimina el improbable personaje del cazador Remington, interpretado por Michael Douglas- se aproxima un poco a lo que realmente ocurrió. Para los que todavía están en babia, y si la cámara nos acompaña, les voy a referir que es un relato del Ingeniero Militar John Henry Patterson, sobre los acontecimientos ocurridos durante la construcción del “Ferrocarril Loco” (1897-1902), que uniría, recorriendo mil quinientos kilómetros, el puerto de Mombasa (en swaheli ”Kisiwwa M’vita” o “Isla de la guerra”) -atravesando toda Kenia, bordeando la frontera con Tanganyka y pasando por Nairobi-, con Uganda, a orillas del lago Victoria. Para no hacerla lunga. Patterson cuenta, con muchos piripipies, que durante la construcción de un puente, sobre un río, para el cruce de trenes que le fuera asignada durante la regazzónica epopeya, en la zona de Tzavo (“Lugar de la matanza”), dos leones cebados (“El Fantasma y la Oscuridad”) se almorzaron ciento diecisiete jornaleros indios y se cenaron cerca de noventa coolíes vernáculos, paralizando las obras. Finalmente, después de un año, logró matarlos (a los leones), que tuve oportunidad de ver -en una taxidermia imperdonable- en el Museo Field de Chicago. Así se la mandó